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martes, 30 de julio de 2024

JULIO DE TOROS

¡Si no sabes torear para qué te metes! La sentencia popular, que, como tantas otras acuñadas en el entorno taurino, ha sido transferida por la gente a muchos otros ámbitos, es especialmente aplicable al escribir sobre toros. Y es que para poder hacer crítica taurina o reportajes relativos a complejos asuntos relacionados con el toreo propiamente dicho, el reglamento, la cría de bravo, el comportamiento de los astados, etc. hace falta atesorar mucho conocimiento específico, algo que, desde luego, a mí me falta. Sin embargo, los asuntos taurinos dan para mucho. Para tanto, que, sin pretender profundizar en lo técnico, purista, científico o profesional, le permite a uno pasearse por los ambientes, la cultura asociada a la tauromaquia, la fiesta, etc. Y eso es, únicamente, lo que pretendo plasmar aquí, algunos apuntes personales sobre un julio algo taurino.

De hecho, todo comenzó en mayo leyendo París era una fiesta. Es uno de los volúmenes recopilatorios de relatos cortos de Ernest Hemingway de mayor contenido, y que se corresponde, cronológicamente, a la época en la que, antes de ser autor de novelas, vivía en París como reportero. Lo estuve leyendo para documentarme de cara a un artículo sobre una temática que nada tiene que ver con los animales, pero, al hacerlo, encontré, cómo no, varios relatos taurinos, preludio de su inminente primera novela Fiesta.

Hemingway, muchos años después de haber publicado la novela, en la barrera junto a un diestro. (Imagen: verynicetravels.com).

Ya en julio, con los Sanfermines ahí, me animé a leer Fiesta, porque me encanta contextualizar o complementar mis viajes o experiencias con literatura relacionada con ellos. La novela parece que fue el primer gran revulsivo que hizo que las fiestas de San Fermín alcanzaran impacto global. Y es que, gran parte de ella, como todo el mundo sabe, se desarrolla en Pamplona durante las fiestas. Digo gran parte porque también París (previamente), Biarritz, San Sebastián, Madrid, etc. aparecen como escenarios con mayor o menor presencia. Y no digamos los ríos trucheros al sur de Roncesvalles. Pero el caso es que Pamplona, su fiesta y su plaza de toros, acogen el meollo principal de la narración.

La lectura me vino de perlas porque durante la celebración de San Fermín (salvo el fin de semana), cada año me levanto para ver el encierro televisado, justo antes de irme corriendo a la playa con el perro para darnos un baño juntos antes de desayunar. Esta costumbre de ver los encierros ha sido cosa reciente y culpa de dos de mis hijos (él y ella, los menores) quienes, motu proprio, de adolescentes se ponían el despertador para ver los encierros televisados. La retransmisión me parece una joya de realización y de tratamiento técnico única en el mundo. Por lo que retransmite y por lo bien que lo hace. Aplaudo igualmente el reverencial respeto que los locutores rinden con su silencio a los cánticos al patrón, así como a todo el desarrollo de cada encierro en directo. Y, personalmente, considero muy didácticas las aportaciones del especialista Teo Lázaro. Espero que todo ello se mantenga en el tiempo, venga quien venga a mangonear políticamente en la televisión pública.

Y precisamente fue en dicha televisión, en su segunda cadena, donde, viendo un día ese pequeño pero elegante resquicio taurino que programan cada sábado bajo el título de Tendido cero, descubrí la existencia de una novedosa editorial llamada El Paseíllo. Como soy un bibliófilo y un lector empedernido, me dio por explorarla en Internet y descubrí una serie de títulos y temáticas sugerentes, así que me arriesgué haciendo un pedido de tres de ellos. Dos de los cuales me han servido de lecturas durante la celebración de la Feria de Santander. Lo dicho, lectura contextualizada con la actividad.

La primera lectura es obra de Alberto González Troyano, y con su título y subtítulo deja más que claro de qué va (y… si no sabes torear, para qué te metes a leerlo): Montesquieu en el ruedo. Diestros, ganaderos y público: Tres poderes en conflicto. Un buen trabajo histórico sociológico que explica muchas cosas del presente, provocadas por la evolución del toreo y que expone, además, algunas de las causas que han tenido que ver con el tipo de toros (y comportamiento de los mismos) con los que nos encontramos ahora. Nada de crónica taurina y mucho de reflexión a largo plazo, algo poco presente en el aficionado de día, pero vital para quien guste de vivir la tauromaquia como un proceso de largo recorrido histórico, cultural y social.

El primero de los dos libros aludidos. (Imagen: elpaseillo.com).


El segundo texto es también muy sociológico, aunque con un talante radicalmente diferente, y ciñéndose (y profundizando más de lo que aparenta) a la época concreta del desarrollismo español y la cultura pop occidental. Fernando González Viñas lo borda en El Cordobés y el milagro pop. El libro, además de entretenido y divertido, vincula constantemente temáticas aparentemente alejadas, y nos regala muchos flecos de los que los lectores interesados en ellos podemos ir tirando posteriormente si nuestro carácter es mínimamente investigador. Pero, además de eso, al tratarse de nuevo, aunque de forma camuflada, de sociología taurina, engarza muy bien con el texto anterior, complementándolo y aclarándonos mucho a todos (entre los dos libros) cómo se ha ido transformando el toreo, qué factores lo hacen cambiar y, de paso, aventurarnos a imaginar qué podría hacerlo evolucionar en el presente o el futuro más cercano.

Lectura muy recomendable. (Imagen: elpaseillo.com).


De la Feria de Santiago lo vi casi todo en la plaza. Cedí mi entrada a una familiar en una única corrida, y asistí a todas las demás, siempre en el mismo lugar (por haber sacado abono): primeras filas de un tendido de sol. Mis impresiones más técnicas, artísticas o propiamente taurinas se quedan para mí porque ya he dicho que no sé torear, así que, no me voy a meter. Pero como todo esto de la fiesta va también ¡y mucho! de cultura, paisanaje y anecdotario, dejaré aquí algunos bocetos, apuntes o impresiones personales.

Lo primero fue una novillada. A la novillada siempre va mucha menos gente porque no goza de nombres asociados al star-system, que en los toros tiene tanto poder como en el fútbol, el cine y el periodismo emocional o popular. Ello suele implicar que el público que acude se suele caracterizar por gustarle (de verdad) la lidia, aunque, en cualquier caso, hay que ser cautos a la hora de generalizar. Por allí desfilaron tres jóvenes que, precisamente por su condición de novilleros y su hambre de triunfo, se emplearon con altas dosis de valor y, dos de ellos, siempre bajo mi punto de vista, con innecesario exceso de riesgo. Uno de ellos, el más premiado, no me gustó demasiado. Mucho desplante postural, mucho alarde de valentía estática, exceso de coreografía sin toro y no tanta fluidez con los trapos. El menos arriesgado me gustó bastante más, aunque falló en algunas de esas acciones que se hacen esenciales para el premio. Pero quiero centrarme en el tercero en discordia ¡un chiquillo! de dieciséis años que, por lo visto, según se rumoreaba por allí, promete. Marco Pérez no sólo es un jovencito, sino que además lo parece. En su primer toro, tras una faena prometedora con el capote, recibió una embestida frontal que lo puso en órbita, para ser a continuación restregado por la arena por el animal. Se lo llevaron a la enfermería (por lo visto inconsciente) y no pudo regresar al ruedo hasta el quinto toro el cual, por cierto, también le sometió a otro revolcón. Para colmo, no sé si por el aturdimiento, lo impracticable del ruedo (ya embarrado a esas alturas de la tarde) o la cortina de agua que caía, el caso es que él mismo se pegó un tajo en el talón al descabellar al astado. ¿Mala suerte o explotación de niño trofeo? Lo digo porque, según se comentaba por allí, el novillero había toreado aquella misma mañana en Mont de Marsan, donde recibió otra voltereta. Como, pese a mi edad, tengo mucho menos prisa que él, estaré atento a su carrera, porque promete. Lo que no me quedé fue a toda la corrida porque el chaparrón se mantuvo pertinaz y excesivamente generoso.

La corrida de rejones fue vistosa (siempre lo son, si te gustan, como a mí, tanto los toros como los caballos) pero nada espectacular. Sirvió para mostrarnos, una vez más, como el presidente de la plaza santanderina parece ser más influenciable por los nombres de los matadores que por el desempeño presente en la arena, pecando unas veces de exceso de generosidad y otras de racanería. A destacar, unas series de toreo de grupa de Guillermo Hermoso en el sexto y algo (no todo) del espectáculo popular de Andy Cartagena, que a veces resulta más circense que taurino.

Puede que la peor tarde nos la brindaran los toros del frío (Ganadería Antonio Bañuelos). Algunos amigos y yo teníamos la ilusión de que unas reses que se crían cerca de los cañones burgaleses del Ebro y del Páramo de Masa dieran buenas muestras de raza y compostura, pero fallaron todos menos uno, del que supo sacar buen provechó el siempre cumplidor Ginés Marín. Por lo demás, una lástima de tarde. Como nota anecdótica, asistimos al suicidio de uno de los toros. Al poco de salir al ruedo, persiguiendo capotazos con mucho ímpetu inicial, no se percató de lo cerca que estaban las tablas y trazó una embestida directa y violenta sin siquiera prepararse para la acción de cornear, como si tuviera campo abierto por delante. El impacto frontal fue tan brutal, que el toro quedó tendido, incapaz de moverse (salvo los espasmos de una de las patas traseras) y hubo que sacrificarlo.

La tercera corrida dio cierto juego para el análisis sociotaurino. Los toros no fueron como para tirar cohetes, pero sirvieron para el desarrollo de las faenas. Enrique Ponce se despedía de Santander para siempre y el público lo homenajeamos cantándole nuestra habanera más querida, Santander la marinera, a pleno pulmón. Un momento emotivo y popular. Pero el núcleo duro de la tarde lo constituyó Morante. No necesariamente como diestro, sino como fenómeno social. Me explico: hace ya tiempo que Morante ha conseguido erigirse en uno de esos históricos toreros capaces de dividir radicalmente a la afición. Unos le adoran, le siguen a todas partes y le perdonan todo; mientras que otros le odian, principalmente por haber sufrido muchos desplantes, seguramente inapropiados y poco profesionales. Personalmente no me enrolo en ninguna de las dos corrientes. Soy demasiado desapasionado, y muy poco mitómano como para ello. Morante salió airoso (casi neutro) del episodio. Toreo bien (y muy bonito, porque estética tiene mucha) y cumplió, pero tampoco nos regaló unas faenas para enmarcar y no olvidar jamás. Así que el público lo respetó y él respetó al público cumpliendo con su cometido. Pero parte de lo interesante de su presencia me lo encontré en mi tendido, en las inmediaciones de mi asiento. Mientras dos aficionados le criticaban por lo bajinis (que si le corean y aplauden por nada, que si en nosedonde fue un horror, que estoy harto de sus fraudes en Las Ventas, etc.); otro, un joven, salía enfurruñado de la plaza a todo correr mientras uno de sus amigos le preguntaba a un tercero “¿Pero qué le pasa? ¿Por qué se ha enfadado así?” Al que el otro le contestaba “porque los dos otros toreros (Ponce y Fernando Adrián) le han ganado 3 a 2 a Morante” (del que, por lo visto, el enfadado era fan). Así que no pude reprimirme y les dije “¿Pero a qué ha venido, a los toros o al fútbol?”, a lo que uno de ellos me contestó “¡eso digo yo!”. En realidad, entre los posicionados, me resultó agradable encontrar a un joven seguidor (literal, porque me dijo que viaja todo lo que puede allá donde Morante torea) que reconocía tanto el arte que mucho le entusiasmaba, como que el de la Puebla quema unas tracas infumables y caprichosas con cierta frecuencia. En todo caso, aquella tarde, el mejor, Fernando Adrián.

Fernando Adrián satisfecho de su triunfo en Santander. (Imagen: Luis Miguel Sierra en fernandoadrian.com).
 

Del miércoles no puedo hablar porque ya he dicho que no fui. Pero los comentarios que me llegaron no fueron para nada positivos. Por lo visto, muy malos toros. Así que me reenganché al día siguiente en la que, a juzgar por el prematuro cartel de no hay billetes, se había erigido en la, en términos ciclistas, corrida reina. Cayetano, Juan Ortega y Roca Rey. El resultado global fue más bien discreto. Los diestros pusieron mucho empeño, pero las reses no permitieron gran lucimiento. Pero todo aquello tenía pinta de que a cierto sector de público le diera igual, porque para él, lo importante, a lo que había que estar atento era al famoseo y al efecto yo estuve allí. Ya para empezar, mal asunto fue el comprobar que, en los alrededores de la plaza, un partido político había levantado una carpa y montado un puesto a su sombra. Me da lo mismo que el partido fuera de derechas o izquierdas, moderadas o extremas (ambas). Ningún partido político (ni sindicato, ni algunos otros tipos de entidades) debería hacer acto de presencia en una fiesta del pueblo y, menos aún, tratar de apropiarse de ella. A los toros va gente de toda condición e ideología, es algo que ha venido sucediendo a lo largo de sus siglos de historia y así debería seguir siendo. Y eso es parte de su grandeza. Un síntoma añadido de la pretensión de politización de los toros se percibe en Santander al finalizar el paseíllo. Allí es costumbre que la banda toque el himno español en ese momento. No sé de reglamentos al respecto, pero entiendo que, si se hace, será porque se puede y es una costumbre propia de dicha plaza. Conozco gente que no lo recibe bien porque le tiene tirria al himno, pero lo respeta con su silencio. El himno, te podrá gustar o no, pero, a día de hoy, es el que tenemos, y lleva, después de la dictadura, prácticamente medio siglo de vigencia democrática. Cuando suena en la plaza, la gente (la mayoría), se pone de pie y se calla como muestra de respeto. Seamos nacionalistas patrios o no. Toda la gente menos algunos cretinos que, en este caso, pretendiendo ser más españoles que nadie, lo interrumpen o interfieren con algún alarido anticipado. Siempre hay alguno, pero, el día de la carpa política, la tarde del no hay billetes, el himno resultó más maltratado que en todo el resto de la semana. Lo mismo que me sobraban los cuatro antitaurinos de aspecto harapiento que otros años se ponían delante de plaza a gritar, mientras toda la afición los ignoraba, me sobran también los fachas de tendido que van allí a manifestarse políticamente en vez de ir a los toros.

Pero no fue la política lo único que atrajo gente a los graderíos aquella corrida. No, que va, también hubo uno ola expansiva de famoseo. Ola porque hubo más que ninguna otra tarde, y expansiva porque desenmascaró a muchos supuestos aficionados que, al ver allí caras populares, dejaban de prestar atención a la lidia, para concentrarse en los asientos buscando a la realeza, las influencers, los tertulianos televisivos, tiktokers, novias-novios de, etc. Eso sí, actualmente, en religiosa comunidad tecnológica, con el móvil en mano, escaneando los tendidos y barreras, enfocando, ampliando y compartiendo (incluso subrayado en fosforito) quién y dónde se encontraban las vedettes. Vamos, que lo de Montesquieu ni mucho menos ha acabado.

La feria se cerró con un mano a mano entre Miguel Ángel Peralta y Daniel Luque, con mucho mérito, muestras de cierta calidad en algunos toros (pocos) pero muy mal remate con las espadas. El balance semanal arrojó poca bravura en distintas formas: algunos perdiendo fuelle demasiado pronto; otros parándose a mitad de las embestidas; lotes flojos de manos; etc. Salvo excepciones, lo que se lleva a Santander parece ser ganado de poca calidad, o quizás sea un síntoma de que la producción en general actual no se está demostrando a la altura. Eso es algo sobre lo que se tendrán que poner de acuerdo los expertos y sobre lo que, ya lo he dejado caer, los libros que mencioné antes, sobre todo el de Alberto González Troyano, dan algunas pistas.

Pero, afortunadamente, a mí los toros me aportan mucho más. Y una parte importante ello, es observar a la gente. Voy con algunos ejemplos de esta última feria.

Mellizas ellas, dos. Pelo corto y tirando a pelirrojo, pero tan poco esmerado en su arreglo que pasaron media tarde lanzando piropos a la cabellera de una elegante señora de mediana edad que tenían delante. Ellas, comentando toda la corrida (de rejones, porque lo que les gusta son los caballos), no pararon de comentarlo todo, interactuar con quienes estábamos alrededor y disfrutar de una tarde domingo con el desparpajo de vivir habiendo cumplido los setenta y sin complejos.

Bonitas piernas. Largas, torneadas, morenas y a la vista, porque el vestido, asociable a la famosa minifalda de Manolo Escobar, era tan corto como el que estrenó Massiel en Eurovisión. Blanco, para contrastar con el bronceado de la piel, de una pieza y ligeramente acampanado desde los tirantes hasta su borde minifaldero. Hasta ahí todo habitual. Una mujer guapa vestida para los toros. Lo que lo cambió todo fue el chaparrón del sábado, que, potente y sin descanso, acabó transformando la estampa y regalándonos a una Ursula Andrews saliendo del agua, como delante de Sean Connery, con chorretones de agua deslizándose por las esculturales piernas de la moza, mientras ella acababa huyendo del temporal, procurando preservar lo más posible el esmerado trabajo matinal de peluquería, con una almohadilla sobre la cabeza ¡Bravo!

Todos los días que acudí a la plaza fue con mi mujer, menos una tarde en la que me acompañó una de mis hijas. Reside en los EEUU, donde no le hace ascos a acudir, muy de vez en cuando, a conciertos, espectáculos de ballet, NBA, NHL, etc. Tras atravesar todo el bullicio exterior, revisar los puestos cercanos, entrar y sentarnos con tiempo para que pudiera empaparse de todo, me dijo algo así como “Oye, ¿y aquí la seguridad qué?” a lo que, incauto (o incivilizado) de mí, le respondí “¿qué seguridad, la de los toreros o la nuestra?”. “No, hombre, me refiero a los controles de entrada al aforo”. Pues sí, para bien o para mal (que cada cual piense lo que quiera), Spain is different.

La palma se la llevó la mujer de rojo. ¡Qué pena de foto! no reaccioné a tiempo para tomarla. Digna de galardón en fotopress. Ella apareció una tarde como acompañante. Él, quizás, aficionado, de entre 25 y 35 años. Ella, de taurina nada, lo digo porque no parecía atender a lo que en el ruedo acontecía. Eso sí, cumplir cumplió. Con su cometido, o al menos con el que yo, seguramente de modo injusto, he decidido atribuirle: el de lucida y llamativa acompañante. Buen tipo embutido en un llamativo y ajustado vestido elástico de luminoso color rojo, de falda larga y estrecha (cual menú degustación). Pelo en melena arreglada de incierto color castaño, arrubiado en las puntas y difuso en según qué áreas capilares. Labios prominentes… quizás demasiado. Mi experta me corrige: “¡rotundamente esculpidos por la cirugía!”, pero yo no me arriesgo a asegurarlo, aunque su especto no me resultó natural. Y unas uñas largas, esculpidas, trabajadas y pintadas… pero, lamentablemente, en rosa, un fallo de conjunción comprensible, aunque indigno del papel que parecía querer representar la dama: el de faro para las miradas aburridas al salir y al entrar, entre toro y toro, o en los momentos en que una faena se espesa. Hasta ahí todo correcto, habitual, esperado, parte intrínseca de la fiesta: abundancia de jóvenes ataviados lo más señoritos posible y mujeres, de cualquier edad, compuestas de los pies a la cabeza para que no les haga sombra ninguna otra. Una maravilla de la que disfruto al comenzar cada festejo; durante el proceso de descomposición al que el sol, los sudores, la emoción, la proximidad, etc. someten a algunas; y al final, cuando todo acaba y van saliendo de la plaza, unas, las pocas, casi como entraron y otras, indomables y desordenadas, como si hubieran atravesado la bahía en un velero en tarde de viento sur. Humanidad femenina ante la que me rindo. Pero la protagonista, la de rojo, no se descompuso. Ni un ápice. Se mantuvo a lo suyo: estar, lucir… cometidos totalmente independientes a la lidia, así que no recuerdo en qué toro ni torero, en el máximo momento de tensión, con la plaza en un silencio sepulcral en el que hasta los cretinos, abundantes, enmudecían, con la bestia cuadrada y el diestro enfilando de perfil con la espada apuntando, la mujer de rojo, ajena a la muerte, a la del humano o a la del animal, alzó su brazo izquierdo con un espejo en la mano, encuadrándome con ello una pantalla efímera de la estocada, mientras que en el vértice opuesto del fotograma, estiraba su cuello y sus labios para pintárselos. Antes muerte (del torero o del astado) que sencilla (ella).

También peculiar el viejo del visillo. Bermudas de pinzas y cinturón. Camisa de botones blanca, y sombrero de paja. Estaba claro que había acudido de invitado. El señor de al lado, su amigo, poseía un par de abonos y allí estuvo, tarde tras tarde, acompañado por su mujer, algún hijo, o alguna otra persona según qué días. Aquella tarde le tocó la vez al viejo del visillo. Más de setenta años seguro. Duró tres o cuatro toros. El tiempo justo para recorrer todo el aforo de la plaza comprobando, pantallazo tras pantallazo, quién había por allí. Concluido el repaso, se levantó, dio las gracias a su amigo, se despidió y se marchó. Hubiera dado igual toros, teatro, espectáculo deportivo o cualquier otro tipo de evento ¿Un espía animalista camuflado, un reportero de la prensa del corazón, un antropólogo de campo…? Vayan ustedes a saber. Lo que sí que era, seguro, es un cotilla.

La plaza de Santander me parece bonita, especialmente por dentro, donde exhibe un aspecto tradicional lleno de detalles alusivos a la tauromaquia. Es tremendamente incómoda por lo estrecho del asiento y lo exageradamente juntas que dispone las bancadas. Tanto, que cataliza el intimar entre los aficionados, quienes convivimos achuchados, pero bien avenidos. Esencia pura de cultura taurina popular. Dentro de ese ecosistema social y popular en el que se convierten la barrera, las gradas, andanadas, balconcillos y, especialmente, los tendidos, el fenómeno del entendido (analizado por Alberto González Troyano en su libro) sigue existiendo. Unos entienden de verdad y otros únicamente simulan entender, pero ahí están, cumpliendo con su papel y sazonando el guiso que es la fiesta. Lo mismo que las botas de vino y el bocadillo a mitad de corrida.

Estampa de la plaza de Santander. (Imagen: larazon.es).

La soberanía popular, más dramatizada que real, también pervive. Años atrás, entre todos, hemos echado algún toro físicamente disminuido a los corrales. Y en lo que respecta a la concesión o no de premios (apéndices del toro) su voz se deja sentir lo suficiente como para influir poderosamente (en unas ocasiones más que en otras) sobre las decisiones del presidente, y sobre los postreros juicios escritos por algunos comentaristas de prensa escrita. Y ese poder, al menos de expresarse y manifestarse con entera libertad, es algo que parece darse en cada vez en menos ámbitos de la vida pública. Otra razón más para preservar la fiesta.

Hay un sector del coso santanderino plagado de gente muy joven. En realidad, abunda la juventud por toda la plaza, pero en ciertos tendidos de sol consituye abrumadora mayoría. Lamentablemente, hay algunos grupos relativamente incómodos, constituidos por los broncas de turno (no siempre tan jóvenes) que suelen ser escasos, y otros visiblemente alineados políticamente y que contaminan ligeramente el ambiente. Confío en que tanta juventud sirva para hacer perdurar la afición, algo que parece estar sucediendo de unos cuantos años a esta parte, pues la plaza parece irse llenando más cada nueva edición de la feria. Y en que las motivaciones puramente groseras y las políticas sean fiebres temporales de paso efímero, dejando aferrados a los asientos a aquellos jóvenes que de verdad desarrollen afición. A ello está ayudando mucho el precio de los abonos juveniles, que es verdaderamente asequible y logra, en bastantes casos, que algunos jóvenes que ya superan la edad de tal privilegio decidan convertirse, directamente, en abonados adultos, al sentir la afición inoculada.

Me gusta fijarme en los detalles de siempre: los capotes de paseo, un subalterno que se pasa más de cinco minutos escondiendo su cara dentro de la montera, acodado en las tablas, discretamente, mientras implora y reza todo lo que sabe, justo antes de iniciarse la corrida. Las cruces con las manoletinas sobre la arena, los gestos de fe o de superstición. La valentía agnóstica del pastor que escuda al picador de sombra. O los sortilegios de cada cual, que arrastran infinitamente mayor bagaje histórico, cultural, ancestral y humanista que las sucesiones de tics nerviosos de cualquier tenista del más alto nivel.

En los toros, a lo largo de todo mi julio de toros, le pese a quién le pese, abunda el arte (en diferentes vertientes) la tradición, la cultura y la belleza animal. Porque no lo olvidemos, al menos para mí, los toros son unos animales hermosísimos de por sí. Y, más todavía, cuando despliegan toda su expresión motriz, con la diversidad con que lo hacen a lo largo de los tres tercios.

Cartel oficial de la Feria de Santiago de Santander 2024. (Imagen: turismo.santander.es).

 

domingo, 28 de julio de 2024

UN VIAJE EN VÍAS DE EXTINCIÓN

No es habitual, ni parece demasiado práctico, disfrutar de unas vacaciones a principios de noviembre. A mí me las impone la Consejería de Educación, quizás pensando en que escolares y docentes puedan disfrutar y costearse viajes a Canarias o, quién sabe, a alguna isla caribeña. No me sirven para esquiar en temporada baja (porque aún no ha empezado) y el tiempo suele desaconsejar ya involucrarse en rutas a pedales o con moto. El caso de mi hijo es diferente, tras un año de arduo trabajo en el que la campaña veraniega resulta incuestionablemente laboral para sus jefes, necesitaba descanso ya, y en noviembre se lo dieron. Así que finalmente nos encontramos los dos con unos días disponibles, barajando algunos planes que las previsiones meteorológicas se iban encargando de desbaratar.

Fue su madre, mi mujer, quien se empeñó en que nos fuéramos unos días juntos los dos solos. De modo totalmente improvisado y de última hora, decidí embarcarme con él en una breve, pero intensa, inmersión en el interior de las Castillas, la Vieja y la Nueva, las potenciadas con León y con La Mancha. Una inmersión en parte de sus paisajes, su gastronomía, algunas de sus ciudades, su pasado y, especialmente… algunos de sus oficios. Cogimos el coche y nos pusimos en marcha un día laborable, para los demás, después de comer. Se iniciaba así una historia de carretera. Padre e hijo juntos, cruzando la Meseta, en busca de experiencias. Nada nuevo en nuestra piel de Toro, tal y como nuestra literatura se ha encargado de demostrar a lo largo de varios siglos.

Salimos atravesando el otoño cántabro en pleno esplendor policromado. Los bosques estaban radiantes. Tan sugerente panorama no se vio alterado con el paso a las tierras palentinas, en las que todavía encontramos algunos montes y, enseguida, el dorado serpenteo de la hojarasca de los espigados árboles de la ribera del Pisuerga y del Canal de Castilla. Cruzando la Meseta de norte a sur, el viento azotaba con fuerza la carrocería. Apenas había tráfico, pero esa intensidad procedente del este vaticinaba oscuros presagios climáticos. Quizás la primera pista de lo que se nos venía encima, al menos en alguno de los asuntos que pronto experimentaríamos, fue la visión de una nave industrial a nuestra derecha, en algún punto entre Palencia y Valladolid. Era la de Pipas Facundo “famosas en todo el mundo”. Aquellas tan “españolas”, tan culturalmente arraigadas a nuestra infancia, juventud, fútbol, etc. Las mismas que durante décadas se anunciaban con un eslogan que, ahora mismo, a demasiada gente le perecería improcedente, censurable, ¡atacable!: “Y dijo el toro al morir, siento dejar este mundo sin probar pipas Facundo”.

Pasado Valladolid, también más allá de Tordesillas, las bodegas proliferaban a ambos costados de la autovía. El tiempo tornó infernal. Se aliaron noche, diluvio y denso tráfico de camiones para ofrecernos un panorama intimidatorio, especialmente acusado, vaya por Diós, a la altura de Medina y de Olmedo, nada menos, allí donde los aceros se cobraron algunas venganzas tiempo atrás: “de no che lo mataron al caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo”. Menos mal que al abandonar la autovía, tomando dirección a Ávila, lluvia y tráfico desaparecieron. La noche se quedó a solas, y nosotros con ella.

Ávila nos recibió con un magnífico panorama visual. Toda ella, muralla y edificios principales, iluminada con orgullo. De tal guisa, que su visita nocturna no desmerecía la diurna. Nuestro hotel fue todo un acierto. Un gran palacio situado frente a la catedral. Lo mejor del mismo, sin duda, el impresionante patio interior principal, que actualmente está cubierto por una moderna estructura acristalada que casa perfectamente con aquello que cubre. Allí cenamos, en el patio, bajo la combinación de vidrio y metal. Nuestro primer contacto gastronómico con ese extenso destino en el que ya estábamos, pues más que un destino, se iba a tratar de un territorio por el que andar enredando en plan nómada. El menú degustación incluyo alubias del Barco de Ávila, algún torrezno, pasta de patatas, morcilla y alguna delicia más, antes de presentarnos una chuleta de Ávila con sal de escamas. Todo ello regado con vino de Cebreros. Primer guiño a Adolfo Suárez.

Comedor principal en Ávila

 

La sobremesa se merecía un buen paseo por la ciudad. Un largo callejeo intra y extramuros. A ratos lloviznaba un poco, pero íbamos bien pertrechados. Nada de paraguas, pero sí con ropa impermeable y gorras de lona engrasada, casi al estilo de la moda local de siempre. Disfrutamos de las murallas, de las plazas, de la catedral, de otros edificios singulares y, cómo no, de la singular oferta que algunos escaparates no ocultos nos presentaban. Vimos muchas estatuas, complemento urbano que, tengo que reconocerlo, si están bien ejecutadas y la persona homenajeada se lo tiene bien merecido, cada día me gustan más. Haber hubo más, pero quiero aquí acordarme de la de Santa Teresa, que despliega sus hábitos alrededor bajo la muralla; la de San Juan de la Cruz, en actitud mística (¿qué si no, en pleno Ávila?) y con ese enjuto aspecto al que enseguida nos fuimos acostumbrando durante nuestro viaje al pasado ibérico; otra de Adolfo Suárez, plantado en mitad de la calle, a la altura del ciudadano (segundo guiño); y, muy cerquita de él, un verraco de piedra, éste, por cierto, con claro aspecto de cerdo. Y es que nuestro viaje iba a discurrir, así mismo, por tierras ricas en verracos. Toros, cerdos, jabalíes; con trasfondo pastoril, esotérico o místico; ancestralmente tallados e incluso, en algunos casos ¡se me antoja! Casi-casi puestos ahí, en mitad del monte, por la propia naturaleza geológica.

Las murallas por la noche

Estatua de Santa Teresa de Jesús

 

Del hotel de Ávila nos despedimos desayunando con ganas y deleite en otro elegante patio interior, también cubierto por una gran pérgola con aires casi modernistas. Fruta, salado y dulce. Sin reparos. La mañana era fría, pero soleada. La luz, una bien distinta, volvía a hacer lucir la piedra abulense. Callejeando hacia el coche, nos detuvimos para hacer un recado: comprar pimentón de la Vera, agridulce. Y ya, de paso, arramplé con un kilo de judiones del Barco. A ver qué soy capaz de hacer con ellos en mi olla ferroviaria.

El viaje matinal hacia Toledo resultó muy placentero y sugerente. Únicamente transcurrió por autovía durante los últimos treinta kilómetros, aproximadamente. Durante él mismo, escuchamos poesía mística de Santa Teresa de Jesús. Un cuidado trabajo en el que se alternan magníficos recitados, con las mismas piezas interpretadas en formato de música medieval. Su contenido requiere atención, porque gracias a ella, uno descubre la calidad métrica y creativa, el dominio del lenguaje y el misterio de un contenido que, de tomarse con doble sentido, no deja de sorprender. Con tal cadencia, fuimos ascendiendo y descendiendo la sierra, dibujando curvas y contemplando bloques y más bloques de granito romo salpicados por todas partes. Superamos el cordal a casi 1400 metros de altitud. La montaña y los bosques de encinas nos rodeaban en los primeros tramos.

Cruzamos el Barraco, cuyo escudo y una esquina de la calle principal, contienen un verraco. Serpenteamos con la carretera que lame las orillas del embalse del Burguillo, el cual me trajo unos recuerdos piragüistas de cuando los padres de mi hijo aun éramos novios. Estaba bastante bajo de nivel, pese a lo mucho que ha llovido desde entonces, varias décadas atrás. Y dejamos pasar varios desvíos sucesivos que invitaban a acercarse hasta Cebreros. Sí, tercer guiño, siendo aquel el pueblo de origen de Adolfo Suárez. En Cebreros estuve una vez a las tres de la mañana. Era el mes de abril, hacía un frío tremendo y yo vestía culote corto. Allí acabamos un buen puñado de participantes del Rally Kactus, tras habernos extraviado en las montañas, gracias a una incompetente organización. Aquello sí que nos dio para contar batallitas.

Los bosques pasaron a estar formados por hermosos pinos piñoneros (espero no estar equivocado en esto). Numerosos, bien formados, con gran porte y llamativo contraste de color con la luz matinal. Los abandonamos al llegar a las llanuras manchegas, un océano de planicie ligeramente ondulante en la que surgían olivares cada cierto tiempo. Nuestro siguiente destino estaba próximo.

Llegamos a Toledo a media mañana. Hacía frío y hacía calor. Todo dependía de si nos daba el solo o el viento. El GPS nos condujo por el Campus de la Antigua Fábrica de Armas hasta la puerta de la Bisagra, antes de hacernos ascender hasta el Alcázar, donde dejamos el coche en un parking. Salimos a pasear bajo el imponente edificio militar y nos asomamos a la hoz que el Tajo traza alrededor del peñasco sobre el que se asentó la ciudad. Paseamos hasta la catedral callejeando y fuimos directos a la iglesia de Santo Tomé, para que mi hijo admirase el Entierro del Conde Orgaz. No me considero admirador del Greco, a excepción de dos cuadros suyos que me apasionan. Uno es el caballero de la mano en el pecho, que me parece un magnífico retrato. El otro es el “entierro”, una enorme obra coral en la que el artista supo representar una fascinante transición entre el mundo terrenal y el sobrenatural, algo que la pintura muestra de forma muy explícita. No es cuestión de detenerse aquí en descripciones, pero la colección de retratos, facciones y miradas de los vivos que asisten al entierro no tiene desperdicio, por no hablar de la armadura del difunto o los ropajes de los santos descendidos del cielo en su busca.

Como visitar Toledo ha de ser, algo que es obligado subrayar, un baño en la historia de algunas de las civilizaciones que a lo largo del tiempo han poblado nuestro país, me empeñé en que entráramos en algunos templos construidos por diversas religiones. El segundo de ellos fue la sinagoga de Santa María la Blanca. Una preciosidad recogida, sencilla y limpia, con arquitectura y decoración musulmanas. Como era día de labor, y en fechas poco convencionales, disfrutamos de aquellas visitas (en realidad de la mayoría) sin apenas gente que nos molestara. Un lujo extraño en estos tiempos que corren, en los que todo el mundo va a todas partes, mientras el “gran sistema” fomenta que sea así, y lo estaciona, para que el manejo de las masas resulte más rentable y productivo. Fue bonito, por tanto, ejercer unos días de disidentes. Siguiendo los pasos de mi amigo Chus, quien asegura que “los sábados son peligrosísimos” porque puedes encontrarte hordas de gente en los lugares más insospechados.

Detalle interior de la sinagoga Santa María la Blanca

 

Regresamos del primer periplo recorriendo, entre otras, la calle del Toro, estrecho callejón ascendente en el que, es un suponer, algún astado escapado debió quedarse atorado, siglos atrás. También por un minúsculo enclave callejero, de pocos metros cuadrados, por el acabamos pasando muchas veces y en el que confluyen cinco calles. Más que una plaza, un nodo de conexiones vital para el casco antiguo de la ciudad.

Tras instalarnos en un hotel junto al Alcázar, nos fuimos a comer. Nos sentamos en una terraza con estufas. Una ración de queso manchego para empezar, él un estofado de venado y yo unas migas. Todo muy bueno, pero no era cuestión de atiborrarse tras el inusual desayuno. Un ponche toledano de postre para compartir. Café y a la plaza de Zocodover a comprar unos mazapanes para la familia.

Tras un descanso de sobremesa en la habitación, afrontamos uno de los planes estrella de nuestro viaje. Tiempo atrás, Toledo fue famosa en el mundo entero por calidad de sus “aceros”. Sus espadas. Y aunque ya no es lo mismo, ni tiene mucho que ver, para alguien como yo, que cursó toda su suficiencia investigadora en el Campus de la Real Fábrica de Armas y que practica algo de esgrima con, precisamente, su hijo, de ir a Toledo a hacer algo, qué pudiera ser más apropiado que intentar contactar con un espadero artesano. Y lo logramos, alguno queda por ahí. Nosotros dimos con el Maestro Antonio Arellano, y con él quedamos en su taller, que desde hace tiempo se encuentra en un polígono industrial a las afueras de la ciudad. Se trata de una nave de aspecto algo desastrada, pero atiborrada de cacharos, viejas máquinas, herramientas, material y pistas de artesanía metalúrgica por todas partes. El espadero resultó ser un hombre muy amable y cercano. Estaba en traje de faena, pantalones machacados y una sudadera de algodón con alguna referencia a su negocio. Antonio representa la cuarta generación de su familia dedicada a artesanía de la forja y el metal. Su hijo, que en ese momento se encontraba en Arabia Saudí, con un proyecto espadero de envergadura, es la quinta. Lo de las espadas no fue tradición familiar hasta que Antonio se inició en ello, aprovechando las enseñanzas de algunos de los últimos artesanos de la Fábrica de Armas. La cosa pinta bien porque su nieto (será la sexta generación) ya ha diseñado alguna espada y participa un poco de su elaboración.

El taller familiar se dedicaba a la artesanía de filigrana. Mucho trabajo de lujo y detalle. Empezó enseñándonos máquinas que, de por sí, eran un museo en sí mismas. Todo ello en una atmósfera de labor, de realidad de trabajo, con el típico desorden “ordenado” que bien conoce quien se pasa allí la vida trajinando. Su viejo torno de siempre, un “potro” para dar forma a las cazoletas de las “roperas” a partir de planchas de hierro o de latón, etc. Hablamos bastante durante esa primera introducción, pero al rato acabamos en la fragua, un cobertizo anexo en la parte trasera de la nave. Nos enseñó la forja, su tiro y su funcionamiento, mientras varias hojas cogían temperatura al fuego. Controla la misma a ojo, por el color del fundido del metal. Nos ataviamos con mandiles, guantes y gafas protectoras, y nos pusimos manos a la obra siguiendo sus directrices. Él iba sacando barras ardientes del fuego y nosotros nos alternábamos a sacarles hoja y punta a base golpes de martillo contra un yunque. Difícil labor en la que el oído tiene mucha importancia, para guiar el acierto del golpeo bien propinado. Fue en esto Jacobo bastante más habilidoso y potente que yo.

Jacobo trabajando en el yunque bajo la supervisión del maestro.

 

Nos mostró varias hojas en diferentes estados: con y sin temple. Su distinto comportamiento ante la flexión era evidente, así que pasamos a practicar el templado. Dos versiones: en agua y en aceite. Una parte vital del proceso que, si decides jugar durante la misma, puede resultar de lo más espectacular.


 

Abandonando la forja, regresamos a la nave para entrar en el taller de desbastado. Lo hace motorizado, con un par de vetustas máquinas. El proceso consiste en quitar impurezas y afinar las hojas a base de una larga sucesión de piedras de limar de diferentes capacidades de abrasión. Primero con piedras, después con cintas y, finalmente, con pulido blando, combinado con hasta tres pastas diferentes. Juegan con diferentes acabados: rústico, “espejo” y “plata”. Allí sí que me mostré yo algo más mañoso que Jacobo. Ya no había fuego entre manos, pero sí verdaderos chorros de chispas.

Otra fase del proceso.

 

Otro taller nos sirvió para que nos explicara el asunto de los puños, las decoraciones, cazoletas, defensas, etc. Latón, hierro, madera, cuero, alambres decorativos, etc. Practicamos un poquito y aprendimos mucho. Entre otras cosas, a conocer su modo de confeccionar las espadas, sin apaños que ponen en riesgo su integridad, equilibrio, resistencia y duración.

La visita terminó en un espacio más amplio en el que exponen algunas de sus obras. Una réplica de la mítica espada con la que se supone que Nerón decapitó a San Pablo, que parece que acabó en España, que se extravió durante la Guerra Civil y que, como antojo personal, tuvo algo desvelado a Franco. Otra de estilo medieval con, nada menos, que la batalla de San Quintín, grabada al ácido por ambas hojas. Espadas íberas, romanas, chinas, de fantasía, etc. Hasta una katana de Águila Roja. Una de las que llegaron a utilizarse en el rodaje, del cual Arellano, como de tantos otros, fue proveedor de armas blancas. Pero lo que es a mí, sin duda alguna, lo que más me atrajo fue el rincón dedicado a las tizonas roperas. Esas espadas ligeras como de mosquetero, típicas españolas, de noche toledana, de novela de capa y espada, y compañera inseparable de los tercios de Flandes. Sí la que, dicen, que con tanta facilidad y competencia desenvainaba Francisco de Quevedo. Las había muy decoradas, otras más sobrias y varias con lazos metálicos como protección de la mano, en lugar de la cazoleta. Atractivos ejemplares para ser admirados por quienes sentimos cierta afición por la esgrima.

Preguntado por el negocio, Antonio nos comentó que va bien, que visto a largo plazo es fluctuante y difícil de prever, pero que, gracias a los coleccionistas, decoraciones y, sobre todo, la actual fiebre productora de series para televisión e internet de pago, van acumulando bastantes encargos. Esperemos que así siga. Admiro los oficios, profesiones y negocios de larga duración. Esos que saben mantenerse en el tiempo porque ofrecen trabajo bien hecho y valor suficiente como para sobrevivir. Unas dos semanas antes de nuestra visita, fue noticia internacional el cierre definitivo de Alitalia, la compañía aérea italiana por excelencia, la “Iberia” transalpina. Aquella que patrocinó los poderosos equipos de rally de Fiat, Lancia y la Jolly Club. La que decoraba los 131 Abarth y el atractivo Lancia Stratos. Digan lo que digan los defensores a ultranza de lo público, o los de lo privado, en sus 74 años de historia, la compañía aérea pasó por ambos estados organizativos. Fue pública medio siglo aproximadamente, después vino la gestión privada para salvarla y sanearla, pero cada modelo gestor, aportando lo suyo, acabaron por hacerla inviable. La trayectoria parece larga, tres cuartos de siglo. Desde el nacimiento de la aviación comercial hasta el presente. Una caricatura temporal si lo comparamos con un oficio artesano que se mantiene vivo, con modestia, pero funcionando, desde hace unos cuantos siglos. Lo dicho, visitado el espadero, como dicen que diría Quevedo, “tan solo queda batirnos”.

El Lancia Stratos "Alitalia" con Sandro Munari, en acción. (Imagen eWRC.cz en ewrc-results.com)

El resto del día, ya sin luz natural, discurrió de regreso a Toledo, a sus calles al encuentro casual con una estatua dedicada a Bahamontes, el Águila de Toledo, que está plantada, cómo no, en plena cuesta. Asimilamos el incomparable impacto de nuestra experiencia espadera con Arellano tomando una cerveza en la plaza de Zocodover. Habían sido unas horas de trabajo compartido con él, y de atención a su sabiduría artesanal e histórica. Visitar Toledo había encontrado verdadero sentido para nosotros, volveríamos a casa con renovadas ganas de volver a tirar con nuestros floretes.

Para cenar encontramos un pequeño bar muy tranquilo y escondido en el que nos trataron muy bien. Embutidos de caza, quesos manchegos y un segundo plato más potente. Vino de La Mancha y un magnífico repertorio de música country de fondo.

Otro generoso buffet para desayunar nos dio fuerzas para afrontar un nuevo día. Frío, más que los anteriores, pero soleado. La mañana la empleamos en hacer una ruta por Toledo, engarzando las visitas de todos aquellos monumentos a los que nos daba derecho una pulsera de descuento que habíamos adquirido para entrar a ver el cuadro del Greco. Comenzamos aproximándonos hasta la mezquita del Cristo de la Luz. Para ello volvimos a ver a Bahamones, entonces a la luz del día, y la hermosa Puerta del Sol. El exterior del templo está completamente construido en ladrillo. Tiene una apariencia muy decorativa, lo que, unido a su contenido tamaño, logra un resultado muy coqueto. Está ubicada en unos jardines de aire musulmán, que acaban abalconados hacia la llanura manchega y fusionados con la torre de la mencionada puerta del Sol. Por dentro presenta las correspondientes columnas coronadas por arcos de herradura. Excelente visita para que mi acompañante se fuera encontrando con la realidad material de periodos de historia hispana que, afortunadamente, ya conocía a costa de alguna que otra novela.

Detalle superior de la Puerta del Sol

Arquitectura "de mezquita".

 

Federico Martín Bahamontes "El Águila de Toledo"

 

Adentrándonos de nuevo en el casco antiguo, alcanzamos la iglesia de los jesuitas, que tiene un tamaño digamos… hasta descomunal, para lo apretado que está el centro de la ciudad. La nave principal es enorme, muy alta y está encalada en blanco. Impresiona la cúpula que corona la cruceta. Lo retablos de capillas laterales nos llamaron bastante la atención por dos motivos. El primero es que, en dos de ellas, la Virgen aparecía con una estocada, de espada, en mitad del corazón. Aquello era Toledo, y parece que no hay que olvidarlo ni en los motivos religiosos. Las tallas de la Virgen, los toros y no digamos los rufianes de las calles… durante siglos, podían ser atravesados por el acero sin demasiadas contemplaciones. El otro motivo fue que, como parce congruente, otro retablo estaba dedicado a San Ignacio de Loyola, fundador de la orden que, nacida, en cierto modo, para luchar contra la Reforma Luterana, mediante la Contrarreforma, acabó desplegando una enorme influencia por todo el planeta, centrándose, sobre todo los últimos siglos, en quehaceres educativos y universitarios. La cuestión no desencajaba demasiado, teniendo en cuenta que la educación de mi hijo (y la de su hermana menor) ha sido mixta, como la existencia de Alitalia: la mayor parte en manos públicas, aunque con una breve etapa, cercana al final, gestionada por los jesuitas. Ellos no se sienten vinculados a la “Compañía”, y hacen bien, son personalidades independientes, multifacéticas y reflexivas. En cualquier caso, aquella visita nos regaló todo un detalle hacia el final: la ascensión hacia las dos torres de la iglesia, que ofrecen la mejor vista aérea de Toledo, en un panorama que prácticamente cubre los 360 grados. Entre otras cosas, uno descubre, aparte del caos urbanístico que se ha pateado previamente, que la mayor parte de los inmuebles tienen patio interior.

Siguiendo con nuestro itinerario por “etapas”, y ya que ha salido el tema de los estudios, alcanzamos el Real Colegio de Doncellas Nobles. Lo que vendría a ser una especie de colegio (o colegio mayor) para jóvenes de familias adineradas, pero cientos de años atrás. Lo mejor del asunto es que la visita es muy parcial, mostrando apenas unas pocas estancias ya que, la mayor parte del edificio sigue funcionando actualmente como residencia universitaria, en otras palabras: colegio mayor. Otro negocio con, ya, siglos de existencia, al menos en aquellas ciudades en las que las universidades fueron pioneras, y que parece que se mantiene vivito y coleando, pese a la constante amenaza de extinción asola muchas tradiciones longevas de nuestro país. La capilla de entrada es bastante espectacular por lo atiborrada que está de decoración, por los mármoles, el lujo y un llamativo coro. Plantado en sitio preferente hay un sepulcro tallado que sobrecoge por lo fino de su trabajo esculpido. Parece mentira el nivel de acabado logrado en el conjunto, algo que queda especialmente patente en detalles como las puntillas del ropaje del clérigo representado, o la deformación del almohadón sobre el que reposa su pétrea cabeza. Un claustro da paso a un llamativo salón que parece pensado para ceremoniosas recepciones. Es muy lujoso y está bastante enmoquetado y forrado con maderas nobles. Contiene un par de buenos tapices, pero, en mi opinión, destaca por el magnífico artesonado que cumple con las funciones de techo, que está perfectamente conservado y denota un trabajo magistral.

Popular pasadizo del "colegio mayor".

 

De nuevo en la calle, seguimos callejeando hasta alcanzar el Monasterio de San Juan de los Reyes, gran edificio, con amplia plaza en uno de sus laterales, y asomado hacia un sector de la hoz que el Tajo dibuja alrededor de la ciudad. Su arquitectura interior me fascinó. Esto es fácil de entender si confieso mi querencia hacia el estilo gótico en sus versiones más ligeras y de influencia renacentista, de lo cual este monumento es un buen ejemplo. Su claustro es fino, delicado, perfeccionista, generosamente decorado, pero sin llegar a la obsesión barroca. El templo adyacente es espacioso y de techo elevado, y presenta algunas paredes con un trabajo de labrado de piedra de tremenda extensión y altísimo nivel de detalle. El claustro tiene un piso superior que supera al inferior en sensación de privilegio placentero al ser paseado. Es ancho, genera bellas perspectivas y posee, también él, un techo de artesonado de madera con geometrías de aire árabe, deliciosas. Al asomarse hacia el centro, uno puede disfrutar del cielo, de la visión del claustro al completo, de los detalles de las gárgolas, de lo que quiera. En dos arcadas interiores de esa planta, labrado en piedra, se puede leer el mítico lema “Tanto monta, monta tanto”.

Nuestra ruta de pulsera culminó con en la iglesia del Salvador, un modesto templo antiguo del que no esperábamos grandes sorpresas. Pero por algo estaba ahí, incluido en la propuesta. En cuestiones culturales, a menudo, la antigüedad es un grado, y claro, en el centro de Toledo, pues lo antiguo se convierte en antiguo de lo antiguo… La iglesia es muy pequeñita y fue un reciclaje cristiano sobre una mezquita, la cual, a su vez, aprovechó un templo visigodo de orígenes tardorromanos. Y de todo ese periplo histórico han quedado muestras evidentes por allí: arcos de herradura interiores y exteriores (en el patio trasero), restos de capiteles y pilares romanos en sus excavaciones, y una magnífica pilastra visigótica completamente tallada.

Cansados de las caminatas, la contemplación y el haber estado bastante tiempo de pie, nos sentamos a tomar una cerveza en una terraza, antes de ir a visitar un comercio que contiene un diminuto museo relativo al queso manchego. Consta de tres salitas temáticas dedicadas a más oficios en vías de extinción (alguno de ellos ya casi completamente extinguido, mientras que otros no creo que lleguen a desaparecer). Mediante cartelería, videos, disposición de objetos y recursos similares, aprendimos algo sobre el pastoreo de ovejas manchegas, su esquilado tradicional, la fabricación de los cencerros o el trabajo artesanal con el esparto. Una segunda sala estaba dedicada a la denominación de origen del queso manchego y a la raza de las ovejas manchegas. Las blancas y las negras. La tercera estancia, la más amplia, me trajo recuerdos de anécdotas familiares que no llegué a vivir. Cuando mis abuelos, madre y tíos hacían queso con los excedentes de leche de ordeño en el pueblo. Y es que en ella se explicaba todo el proceso de elaboración. De hecho, nada más entrar, te encontrabas con un brete. No “en un brete”, como decimos popularmente al referirnos a un problema, atolladero, etc. Sino en uno real en el que se acorralaban a las ovejas para ordeñarlas. El resto del local estaba dedicado a una apabullante muestra de productos alimenticios de alta calidad, procedentes de todo el país, aunque con evidente predominio manchego. La bodega quitaba el hipo en variedad, aunque nuestra compra se dirigió claramente hacia el queso manchego y el aceite. Da gusto cuando quien te vende conoce bien sus productos, es un experto, te los vende con intención didáctica añadida y, además, no puede disimular que es un enamorado entusiasta de su género.

Comimos muy cerca. Regular. Salvo el vino manchego de la casa, nada reseñable. Nos quedaba una tarde-noche entera en Toledo, pero con pocas opciones culturales porque los horarios de invierno por allí parecen penalizar las horas sin luz, cerrando la mayoría de los sitios visitables muy pronto. Así pues, tras un descanso merecido, lo que hicimos fue circunvalar, casi completamente, la ciudad, siguiendo, aproximadamente, la orilla interior del Tajo. Bajamos hasta el puente de Alcántara, caminamos por la otra orilla hacia el puente más cercano, por el que volvimos a cruzar el río y, desde allí, fuimos improvisando un largo paseo, intentando mantenernos lo más cerca posible del curso de agua. Aquello supuso un arduo rompepiernas de ascensos y descensos que, eso sí, no dejaba de generar atractivas vistas de la ciudad, del río, del horizonte exterior. Y es que, con la luz del ocaso, ese tipo de panoramas siempre resultan mucho más bonitos, algo que bien saben los fotógrafos. Jacobo se manifestó enamorado de Toledo y, para colmo, bien avanzado el paseo, nos topamos con todo un hito en su afición canina: dos imponentes ejemplares de Mastín del Tíbet custodiaban un jardín. Quedó fascinado por la belleza de la pareja, y por la quimera que representaba el encuentro ya que, según me dijo, procedentes de China, su “extradición” tiene unos precios prohibitivos.

El Tajo abrazando Toledo.

 

Nuestra caminata alrededor de la ciudad finalizó casi a la altura de la puerta de la Bisagra, en el punto donde se toma la sucesión de escaleras mecánicas que ayudan a remontar la ascensión al centro. Un chocolate caliente ¡sentados! En la plaza de Zocodover, estaba más que merecido.

Acertamos con la cena. Un restaurante, claramente de moda entre el público local de la ciudad, nos dispuso una mesa en unos laberínticos espacios compuestos por múltiples arcadas de ladrillo. Un claro ejemplo de los cimientos y sótanos que deben sustentar todo lo que se ve por las calles de la ciudad. Mientras Jacobo daba cuenta de un codillo, yo me conformaba con una ensalada de perdiz escabechada y una deliciosa, fuerte y deconstruida tarta de limón. Esta vez cervezas, pero, eso sí, de producción propia artesanal del restaurante. Buen final gastronómico en Toledo.

Nuestra última jornada nos obligaba a madrugar y ayunar hasta comprobar que llegábamos a nuestro siguiente plan a la hora prevista. Salimos de Toledo al amanecer y la ruta consistió en una constante sucesión de autovías y autopistas. Como los autonautas Carol Dunlop y Julio Cortázar. Llanura manchega salpicada de algo de tejido industrial hasta la primera circunvalación urbana: Madrid. Túneles y nieblas hasta el segundo rodeo: Ávila. Sol esperanzador, campo y un desayuno de área de servicio hasta la siguiente evasiva viaria: Salamanca. Y desde allí hacia el oeste, como diría el Profesor Tornasol, “la oeste, siempre al oeste”. Dirección Portugal, que tanto nos atrae a padre e hijo, pero esta vez, sin llegar a alcanzarlo.

Y es que, a medio camino entre la frontera y la histórica ciudad universitaria, nos detuvimos para afrontar nuestra última visita: a una ganadería de toros de lidia. Llegamos un poco antes de la hora prevista, pero ya estaba allí un hombre con un par de monturas preparadas, mientras un bóxer y un labrador salían animosamente a saludarnos. Aquello era un rústico conjunto de edificios bajos en mitad del campo. Unos establos, una sólida casa principal, de apariencia antigua, construida en piedra, otra blanca bastante más pequeña, algunos corrales y hasta una ermita con pinta de llevar muchísimos años en pie. Todo ello dispuesto de forma acogedora, pero sin orden estricto, más bien con acomodo relajado y familiar. Con varios árboles adultos aportando sombra en diferentes zonas. Enseguida llegó Guillermo, alto, espigado, delgado… en forma, se notaba que su pasado como matador y su presente como polifacético aficionado a varios deportes le mantienen en buena forma. Apareció precedido de dos activos collie border, con lo que de inmediato nos sentimos familiarizarnos al recordarnos al nuestro, al cual ya empezábamos a echar de menos.

Estampa que nos encontramos nada más llegar a la finca.

 

Hechas las presentaciones nos asignaron las monturas. Perla, una española torda muy clara, para mí, y una más activa yegua lusitana para Jacobo. Guillermo ensilló, mientras tanto, un flamante centroeuropeo que ha acabado adaptando al trabajo de campo. Hacía más de dos años que no me subía a un caballo, e incluso décadas que no lo hacía en monta vaquera, así que al principio me agobié un poco al ver que la yegua no entendía bien alguna de mis ayudas. Fue en un picadero estrecho, con Guillermo dándome instrucciones a pie. Sin embargo, al cabo de pocos minutos todo funcionó, Jacobo calentó a la suya y nuestro anfitrión, tras dar un poco de cuerda al suyo, montó, y nos pusimos los tres en marcha, con los dos collie a nuestro alrededor.

Íbamos abrigados porque la mañana estaba fresca. Temperatura agradable con la ropa adecuada, y un día de campo radiante. La conversación fluyó de inmediato y cuajó porque pronto hubo constancia de que teníamos todos intereses muy próximos, buen talante conversador, nosotros ganas de empaparnos del manejo de aquellas tierras, y Guillermo entusiasmo por compartir su saber y conocimiento. Empezamos por recorrer parte de las tierras de labor, en las que alternan y rotan tres tipos de cultivos para alimentar ganado, con otra parte en barbecho. Y es que la localización de la finca es muy afortunada para su viabilidad en los tiempos actuales, ya que se encuentra en un espacio de transición entre el campo de labor y el monte charro con sus encinares. Gracias a ello, produce alimento para las reses y excedente para vender. Por allí practicamos algunos galopes para acostumbrarnos a nuestros animales. Perla demostró ser una yegua muy tranquila, fácil de manejar y nada reacia al galope al pedírselo. Ideal para mí.

Tiempo después, hablando de la escuela de toreo de Salamanca, de la diversificación de la explotación, de nuestra compartida afición al esquí y de muchas cosas más, pasamos por cercados dedicados a la cría de ganado manso para carne. Vacas de raza morucha que cruza con un semental charolés. Ascendíamos y descendíamos suaves ondulaciones del terreno y, con esa progresión, nos íbamos acercando al monte, la zona de las encinas. Nos enseñó un esbelto potro que promete mucho, una cerda ibérica que recientemente se había escapado y acabamos llegando a la que quizás fuera la zona más bonita de la finca: lecho irregular de hierba, ligeramente salpicado de roquedales y completado por muchas encinas separadas entre sí. Aquello está reservado para los toros de lidia, jóvenes ejemplares de encaste Domecq. El “intríngulis” que se genera al entrar a caballo a un enorme cercado en el que se pasean decenas de toros bravos, se pasa enseguida al ver que prefieren alejarse o mantenerse en la distancia que curioseando demasiado cerca. Aun así, se nos dijo, conviene no despistarse, ni sorprender a ninguno repentinamente a la vuelta de un recodo. Creo recordar que por allí eran todo añojos, erales y utreros. Estos últimos, ya con clara estampa belicosa, y evidente desarrollo muscular. Altivos, brillantes, bien criados. Los más jóvenes corrían en manada, se detenían, y con modos casi coreográficos, torcían el cuello hacia nosotros para mirarnos con curiosidad.

Aquel rato, porque no fue un momento, sino el mejor paseo ecuestre que recuerde haber dado en mi vida, fue prolongado, se desarrolló sin prisa, y tengo la impresión de que los tres jinetes nos sentimos en la gloria. Guillermo como orgulloso propietario y ganadero, sabedor de que estábamos valorando muy sinceramente su trabajo; Jacobo porque estaba en lo que, para él, sospecho, es el paraíso terrenal; y yo porque siempre he considerado que sería un sueño cabalgar entre toros de lidia.


 

Salimos de aquella zona y nos acercamos a ver unas yeguas espectaculares que Guillermo cría para doma clásica. Todo ese tema lo fueron desmenuzando ellos dos, con referencias a ejemplares y jinetes conocidos por ambos. Las yeguas eran preciosas. Las madres y sus productos. Por allí andaba también un caballo para picar, de origen leonés y, según su dueño, enrome corazón y valentía. También vimos a los cerdos, preciosos ejemplares ibéricos a un 75%. Y es que, siguiendo su preferencia y gusto, nuestro guía considera que esa combinación es la que mejor sabor aporta a todo el embutido que produce y comercializa.

Hablamos mucho de falso ecologismo, de animalismo desinformado, de desconocimiento del campo y la naturaleza, de plagas animales y humanas, furtivos animales y recolectores. De las modas de tendencia de opinión, que se apoyan en un relativismo enfermizo que actualmente parece contaminar tanto a la política como a los medios de comunicación. Del respeto que se brinda a los miles de hectáreas de plástico para huertas, toneladas de fitosanitarios y desmesurados trasvases de cuencas hacia regadíos privilegiados, mientras se acosa a la ganadería extensiva, etc. Eran temas que salían al cuento, al quedar relacionados con las muertes que toda finca sufre, cuando un toro ensarta a algún cerdo demasiado atrevido, una vaca no consigue sacar un ternero adelante, una cornada hiere de gravedad a un caballo porque alguno de los dos implicados se ha escapado, malos partos, etc. Y es que la muerte es consustancial a la vida, manifestándose, inevitablemente, donde la segunda florece.

Visitamos el cercado de los cuatreños sin entrar porque no hacía falta. Les teníamos allí al lado, vistosos y poderosos. Nos cuenta que se las traen entre ellos, especialmente hasta que, de algún modo, ellos mismos establecen sus peculiares jerarquías. Allí nos explicó lo complejo de la selección de cría, su preferencia para tentar vacas, etc. Fuimos regresando, atravesando el gran cercado de vacas de lidia, algunas de ellas con sus becerros, y un joven semental correteando, moviéndolas de un lado para otro, algo que nunca hacen ya cuando maduran un poco.

En un momento dado, entramos en una amplia pradera, ideal para un galope sostenido. Allá nos lanzamos los tres en paralelo, ellos, al ir un poco adelantados, levantaron una liebre a su paso. Al detenernos en el otro extremo, nos mostró una bonita charca que sirve de abrevadero para dos de las parcelas en las que dividen su territorio. Incluso allí crían peces en temporada. Al otro lado de tapia de piedras, se asomaron tres enormes bueyes de raza morucha, con amplia cornamenta y una capa grisácea clara. Francamente bonitos. Los utiliza para trabajar como cabestros cada vez que tienen que mover o ejercitar a los toros. Hace tiempo utilizaban vacas, pero al final, los toros acababan montando alguna, lo cual generaba un curioso problema: que los becerros no servían para lidia por insuficiente bravura, pero, por el contrario, no se podían enviar a un cebadero porque a algunos les daba por “arrancarse” (la sangre es la sangre, y con ella los genes…). Por causas similares, ha de evitar que los jabalíes “cojan” a las cerdas.

Regresamos satisfechos tras algunas horas de paseo a caballo. Satisfechos y entusiasmados. Habiendo conocido de cerca, y al detalle, un entorno natural que siempre hemos admirado, de la mano de un experto. Otro profesional que para algunos sectores de la opinión pública pudiera parecer también en vías de extinción. Sabemos que no es así, y confiamos en su supervivencia, en la de los oficios vinculados a ello, los paisajes, los ecosistemas, las razas animales, etc. Guillermo, lo mismo que el espadero Antonio Arellano, representa la cuarta generación de una familia dedicada al campo charro y a la cría del toro bravo. Tiene descendencia, hijas que, desde muy pequeñas, montan a caballo, adoran a sus perros y juegan con una cabra que no para quieta. Quién sabe a qué se dedicarán…

Nos despedimos de la finca y de nuestro anfitrión con un sincero apretón de manos y una promesa que tenemos que cumplir. Fuimos a comer a pocos kilómetros de allí en dirección a Portugal. A un mesón de pueblo en el que nos reservó mesa. Rico y barato. Alubias o embutido local, y dos tipos de carnes aliñadas a un ajillo preciso y delicioso. De vuelta a la autopista, me fueron llegando varias reflexiones en formato de flashes. Mi hijo, que convive permanentemente con su teléfono móvil, consumiendo y produciendo, entre otras cosas, “historias” de Instagram, no había sacado el teléfono durante toda la visita. Es un experto jinete (es su profesión) por lo que yo le había encomendado que hiciera algunas fotos. Sin embargo, se “metió” tanto en la experiencia, que él solito decidió no “contaminarla”. Cuando le pregunté en el coche al respecto, me soltó lo siguiente: “mira Papá, esto es como lo que decía tu padre en su última época de esquiador, cuando ya había móviles por doquier y vuestros amigos más jóvenes se paraban a posar: a qué hemos venido aquí, a esquiar o a hacer fotos”. Les doy toda la razón. A ambos.

A medida que devorábamos kilómetros de autovías de regreso a casa, otro flash me vino a la mente, entre el escasísimo tráfico que nos encontramos en el mismo sentido de marcha en la provincia de Salamanca, antes o después de la silueta del Toro de Osborne (que también estuvo en vías de extinción y, afortunadamente, acabaron sobreviviendo en el paisaje español, tan plagado ahora de hélices descomunales) nos adelantó un coche con una pegatina de toro de lidia detrás, así como una furgoneta con una leyenda que rezaba algo así como “… veterinario y fisioterapeuta equino”. Aficiones y oficios de siempre, de antes, de ahora y de futuro.

Nuestro viaje finalizó volviendo a nuestra realidad. La segunda circunvalación de Salamanca supuso la cuarta del día. La de Valladolid la quinta y la de Palencia la sexta. ¡Seis “ruedos” seis!. Al paso por el puerto de Pozazal, atravesando la cordillera, una copiosa nevada azotaba nuestro tránsito. Volvíamos a casa, a lo nuestro, a las montañas y quién sabe si pronto a nuestra adorada nieve.

Pocos días después de nuestro regreso, en un noticiario de la televisión insertaron la información de que la compañía española PLD Space presentaba el primero de sus dos cohetes aeroespaciales. Ambos, cuando sean lanzados,situarán a nuestro país dentro del grupo de estados que hayan lanzado cohetes al espacio. Si lo previsto se cumple, seríamos el decimocuarto país en lograrlo. Es ese, el del transporte espacial de mercancías, personas o artefactos, un oficio de rabiosa actualidad. Podríamos calificarlo como de "en vías de expansión". Casi lo opuesto a algunos de los que nosotros hemos experimentado de primera mano. Sin embargo, en el evento de presentación de los cohetes hubo un detalle cultural que pudiéramos considerar halagüeño, un guiño al pasado y al presente: tan innovadora empresa no lo ha dudado a la hora de bautizar a sus dos tecnológicos retoños con los nombres de Miura 1 y Miura 5. Ahí queda eso.

Presentación del Miura 1 en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid (Imagen: diariodeavila)

Como este viaje, desde nuestra perspectiva cantábrica resultaba bastante sureño, hicimos una rápida selección de discos de música “española”. Aunque no toda, ni mucho menos, se correspondía con las provincias recorridas, sí que nos sirvió para ambientarnos y disfrutar de los paisajes y experiencias, mientras nos desplazábamos en coche por ellos y entre ellas. Aquí dejo una pequeña muestra.

 

UN DÍA EN AMPUERO CON TARZÁN

Tenía una deuda pendiente con Ampuero desde mis veinte años. En aquella época fui un par de veces a sus fiestas. Una vez acampando cerca del río y otra en coche con desplazamiento de regreso de madrugada. Entonces, ni encierro, ni toros, ni nada… noche, alcohol y, si se terciaba, chavalas. Errores de juventud y testosterona que hacen que uno se pierda lo mejor, la esencia de la fiesta, lo que justifica la visita, porque lo otro, en realidad, lo hay en cualquier parte, no hace falta moverse de casa.

Así que unos cuarenta años después me planté en Ampuero a vivir un día completo de sus fiestas con la mejor compañía posible: Tarzán. Este Tarzán es uno de los Tarzanes de Ampuero, esos hermanos Aja cuyo primogénito fue de los primeros en correr los toros por delante de la manada. Enamorados de su fiesta, a la que llevan acudiendo décadas con entusiasmo. Nuestro anfitrión, que no es el mayor de los hermanos, ya no corre el encierro. Recientemente octogenario (nadie lo juraría al verle moverse) lo dejó hace pocos años, tras un lance algo comprometido con el vallado. Pero allí vuelve, año tras año, a vivir la fiesta al completo. Y fue él a quién tuvimos por suerte como cicerone.

Myriam posando con Tarzán.

Ya en busca del café matinal, con las calles mostrando la tímida y limpia animación de la gente más madrugadora, nos topamos con una memoria local viviente. Nos explicó el origen de los encierros. En 1940, hubo que mover unas reses por culpa de una crecida del río, y lo hicieron montando un recorrido por las calles. A raíz de aquello, a alguien se le ocurrió la idea de organizar un encierro anual, por lo que, en 1941 se llevó a cabo el primero, que resultó muy localista: con monchinas (esa raza tan montaraz, caliente y poco de fiar, que los ganaderos prefieran que muevan sus perros) y un entramado de trazado levantado a base de ucálitos (mis hijos, a quienes criamos durante tres años en una casa de labranza, en un claro de monte de eucaliptos de Ribamontán, les encanta escuchar esa expresión. No en vano, el grupo de teatro de nuestro municipio se apoda Ucálito).

Paseamos parte de la mañana disfrutando de los detalles de arquitectura de la villa. Abundan en ella las grandes casas de indianos, algunas fachadas de solana abalconadas, tan típicas de la cuenca del Asón, y algunos singulares edificios de pisos de época modernista. Tarzán vivió algún tiempo en el abuhardillado de una imponente casona de indiano, y otro tiempo, en el último piso de un edificio de transición situado en un extremo de la plaza. Como no soy experto en el asunto, he preguntado al respecto del edificio a mi amigo Pedro, arquitecto, y me ha ilustrado con la siguiente información.

«Es una manera de hacer que tiene varias denominaciones porque mezcla elementos y no se adscribe a un movimiento concreto. Racionalismo, cubismo, Decó… Después del regionalismo de los años 20, las nuevas influencias europeas se incorporan a veces de una manera ecléctica, algunas veces solo en la decoración. Bandas que remarcan lo horizontal con ideas expresionistas frente a la verticalidad, ornamentación geométrica frente a la clasicista, ausencia de alero, cubierta plana (al menos en apariencia), paños planos, ventana en esquina, etc.».

Versión urbana de una casa de solana del Asón.

Casa de indiano pariente de los Tarzanes, ahora de otros propietarios.

Los dos Tarzanes mayores posando para el hijo de Chus en el jardín de la casa del indiano. (Imagen: reducida de copia de Bernardo Aja Maruri).

Contemplamos también la iglesia levantada junto a un río y supimos que ha sido rehabilitada y reparada gracias al enamoramiento que Michael Nyman experimentó por Ampuero, sus costumbres, ambiente y cementerio. Para ayudar en tales labores, el compositor dio conciertos benéficos cuya recaudación se empleó en diversos arreglos del templo. Conocí la música de Nyman en los ochenta porque la coreógrafa y bailarina Carmen Werner[1], con quien tuve cierta amistad, utilizaba algunas de sus composiciones para sus montajes de danza contemporánea. Su marido de entonces me regaló algunos vinilos tempraneros, por lo que yo, con el paso de los años, seguí parte de la obra de Nyman en la época de los CDs. La relación de Nyman con Ampuero se vuelve algo más cercana en el caso de Tarzán, pues su hijo fotógrafo-artista, residente en México, conoce personalmente al músico.

Iglesia de Ampuero.

 
Mi primer vinilo de Michael Nyman, todo un descubrimiento.

A medida que se acercaba la hora del encierro, nuestros paseos ya discurrían por el recorrido, donde el ambiente se animaba por momentos y las charangas iban y venían constantemente cruzándose por la misma calle, aportando colorido y musicalidad al epicentro de la fiesta. Nosotros, como la mayoría, ataviados de blanco y pañoleta, como mandan los cánones. Son minutos de jolgorio, alegría y saludos, porque, aun no siendo de allí, siempre se encuentran caras conocidas con las que hay que detenerse. Por ejemplo Adrián, seguro que el más rápido de todos los corredores allí presentes, lo digo porque el castreño es atleta especialista en 100 y 200m, poseedor eventual de récords de la región, y actualmente nuestro mejor exponente internacional en competiciones de skeleton… sí, esos locos que se tiran en trineo por una especie de tubería de hielo.

Charangas cruzándose constantemente.

Por si la sonoridad festiva fuera insuficiente (para nada era así) allí rondaba una pareja al pito y al tambor, acometiendo tonadas muy de la tierra, y claro, como no pueden evitarlo, porque lo llevan en los genes, las cuatro mujeres que nos acompañaban a Tarzán y a mi durante toda la jornada, se lanzaron a bailar jotas montañesas.

 

Bailoteo irresistible.

Los "culpables" del arranque.



Llegado el momento preciso, tuvimos el privilegio de acompañar a unos familiares de Tarzán a subir a su piso para disfrutar desde allí de una vista privilegiada del encierro. El edificio es imponente. Ya el portal le deja a uno impresionado con un enorme mamparo de varios vidrios transparentes, enmarcados todos ellos en molduras de madera que dibujan arabescos y perfiles de estilo modernista o Art Noveau. Ascendimos dos plantas por una hermosa y generosa escalera con amplio patio central, y nos invitaron a pasar a un inmueble que, entre galerías y balcones, tenía vistas hacia tres de las orientaciones cardinales. Así pues, miradores para la recta inicial (y final) del recorrido del encierro, su curva esquinera de 90 grados, y parte de la recta principal. Todo ello multiplicado por dos, ya que el de Ampuero parece que es el único encierro con trazado que se transita en ida y vuelta. Así que allá que nos instalamos, en un balcón sobre la angulosa curva y vista preferente al paso del puente.

El encierro se resolvió con rapidez y, suponemos, bastante limpieza. Hacía buen tiempo y el espectáculo resultó radiante y muy animado. Agradecimos el favor a la familia extendida propietaria del piso y nos fuimos con algunos de ellos a tomar el vermú a un bar de su preferencia. Y es que no hay como ir con los que saben, en este caso locales, porque suelen decantarse por lugares agradables. Este era un bar tranquilo, con sombra, a orillas del río y animación sin exceso. Prefiero no dar nombres para evitar esa actual plaga de influencers que, faltos de imaginación y personalidad, tienden a fagocitar los disfrutes de los demás y a hacerlos públicos a gran escala, contaminando todo aquello que tocan y, en la mayoría de los casos, echándolo a perder.

Con nuestros magníficos anfitriones.

 

A la hora de comer, buscando descanso y calma, nos acercamos a recoger nuestras bolsas y nos plantamos en el parque de arbolado que está situado en la ribera del Asón, cerca de la presa. Instalados a la sombra, algunos aprovechamos para darnos un refrescante baño en la presa, dejando que los chorros de agua nos masajearan toda la espalda. Acto seguido, mantas desplegadas y a comer: bocadillos, jamón, ensalada de tomate propio, patatas fritas, pechugas de pollo, melón… bota con syrah arreglado con moscatel, y unas copas de clarete de Toro bien frío. ¿Y después? La duda ofente… ¡siesta en la hierba!

De picnic

Cambiando el kit de picnic por el de corrida (almohadillas e impermeables), nos tomamos un café en un bar y rondamos por los alrededores de la plaza admirando de cerca el plantel de lusitanos de Guillermo Hermoso. Un rato después, acceso a la plaza y cierta espera de más (9 minutos) para que diera comienzo la corrida.

El rejoneo resultó regular. No malo, pero he visto muchos mejores, y al propio Guillermo Hermoso en faenas notablemente más meritorias. El primero lo resolvió sin grandes florituras y muy trabado en los lances de regate frontal porque el toro no arrancaba y el jinete tuvo que rehacer la maniobra repetidas veces. Mató a la tercera. Su segundo, excesivamente premiado, resultó más vistoso. Muerte inmediata, aunque, quizás, causada por cierto desvío pulmonar, a juzgar por las llamativas emanaciones de sangre por la boca del animal. Aquí Guillermo se lució algo más con un par de piruetas de caballo tordo ante el galope del astado y, sobre todo, con una larga y precisa secuencia cambios de grupa nítidos, claramente marcados y muy bien ejecutados por parte de uno de sus caballos azabaches. Su lance a dos manos no fue lucido, pero el chaval cumplió en general, porque ya tiene oficio más que suficiente y buenas monturas.

El Cordobés pasó por Ampuero sin pena ni gloria. Hay que agradecerle que nos regalara una serie de capote con cada uno de sus toros, aunque ambas pudieron haberse prolongado más, de no haber sido por la intervención de su cuadrilla. En el primero, porque fue un subalterno quien quiso lucirse algo más de lo debido y, aunque apuntaba maneras, el respetable enseguida le puso en su sitio a base de improperios. En el segundo, porque un capotazo absurdo de otro ayudante le robó el toro al torero antes de lo debido, cuando ambos, diestro y morlaco, estaban funcionando bien. Lo de la cuadrilla del Cordobés rozó el patetismo en el tercio de banderillas (sin comentarios). En cuanto a la muleta, su primer toro tenía concentrada fijación con el trapo, pero apenas embestía, por lo que el maestro enlazó pocos muletazos y abuso en exceso de alardes de valentía estática, plantándose delante de su cara y haciéndolo seguir al trapo con la mirada. No estuvo acertado con la estocada y la faena resultó pobre en conjunto. Su segundo toro era más espabilado. Demasiado, cara alta y disperso en su atención, así que con él no hubo chulería ante los pitones. A cambio, el torero supo bajarle la cara con la muleta y lo lidió a cierta distancia, pues el animal amagaba con pararse a media embestida. Pero el problema principal lo puso el torero no sabiendo componer, es decir, dar por finalizadas, de forma clara, cada serie. Después de enlazar algunas embestidas fluidas, parecía cerrar con un pase y… ¡no! Pretendía rematar con otro, pero ya no salía, y entonces intentaba más acciones, y aquello perdía fluidez y esa artística alternancia entre acción y pausa que algunos grandes maestros manejan tan bien. No me gustó. Ese lo mató bien, y un miembro de la cuadrilla, por fin, ejecutó un impecable, fulgurante y limpio descabello.

Lo mejor de la corrida, de largo, fue la actuación de Manuel Escribano. Profesional, completo y estiloso.  En orden inverso a tales calificativos, se puede explicar que el diestro se mueve con arte de bailarín, no hace aspavientos ni muestra brusquedades, lleva el salón a la plaza; es completo porque trabaja el capote (algo que, actualmente, se echa bastante de menos en demasiadas corridas), tiene repertorio de muleta y sabe matar, pero es que además fue él quien despachó los seis pares de banderillas de sus dos toros, y lo hizo con elegancia, clase, repertorio y excelente puntería ¡sí señor!; dicho todo lo anterior, la profesionalidad no hace falta comentarla, pero quedó subrayada con la paciencia mostrada en la furgoneta, a la salida de la plaza, atendiendo con eterna sonrisa a la afición. En conjunto fue mejor su primer toro que el segundo. En todo menos en la estocada que, aunque profunda y a la primera, provocó una hemorragia de boca excesiva. La segunda faena se vio ligeramente penalizada por la falta de arranque del toro en distancia (caso de las banderillas, aunque Escribano supo adaptarse con calidad) y por la pérdida de concentración de parte del público, más preocupado por algo de lluvia y por salir de la plaza con descortés antelación y prisa. Aún así Escribano fue doblemente premiado en ambos toros.

Un lance del rejoneo.

 
Salida a hombros.

El triunfador atendiendo a nuestra cazadora de famosos.

La plaza de Ampuero es generosa en espacio para el asistente, y su diseño garantiza perfecta visión aunque haya gente delante. No se llenó (serían tres cuartos) y el ambiente lo levanta una animosa banda a la que felicito desde aquí, porque el público, de media de edad bastante avanzada, se mostró poco elocuente (salvo para pedir premios). Lo que falló fue la solidaridad y el respeto hacia los demás cuando empezó a llover (último toro). Fue entonces cuando a algunas señoras se las notó mucha más preocupación por su inversión reciente en peluquería, que por el disfrute de los demás, y se abrieron algunos paraguas. ¡A ver si los prohíben de una vez en las plazas, que hay medios sobrados para no mojarse si uno es prevenido!

Tras el festejo taurino, aún tuvimos ganas y energía para volver a tomar algo a la plaza del pueblo e incluso para bailar un ratito. Después, nos despedimos de Tarzán y su compañera, les agradecimos cariñosamente sus atenciones y allí les dejamos dándole al baile. Mi jornada en las fiestas de Ampuero fue memorable. La deuda queda saldada y me alegro de haberlo hecho. Merecen la pena si se afrontan como se debe. Las fiestas populares son un patrimonio cultural valiosísimo que debemos cuidar y, en lo posible, tratar de disfrutar respetando sus esencias más arraigadas. Su valor no se alcanza por la cantidad (de gente, presupuesto, etc.) sino por la calidad de lo propuesto, el arraigo popular y cultural, etc. Y, desde luego, no me cabe duda, ya lo he experimentado en numerosas ocasiones, el mejor modo de conocer y disfrutar de una fiesta de estas características es hacerlo con algún asiduo o agente local infiltrado. El nuestro fue Tarzán, uno de su estirpe.

A la estirpe, al completo, Salvador, Jesús y Chencho Aja, les fue concedido el galardón Encerrona de Oro (otorgado por la revista del mismo nombre) en 2012, por su larga trayectoria como corredores en los encierros de Ampuero. Desde los años sesenta hasta los noventa.

Chus, de rojo, nuestro anfitrión, corriendo en 1981.

Chencho, el más joven, en los ochenta.

Salvador, el pionero de la familia, en el centro de la imagen con camisa blanca. Años sesenta.

Los tres hermanos, alineados horizontalmente delante de los toros. De izquierda a derecha: Salvador, Chus y Chencho.



[1] Carmen Werner obtuvo la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes 2020, y fue Premio Nacional de Danza, otorgado por el Ministerio de Cultura en 2007.

 

SUDÁFRICA

Pese a haber viajado bastante a lo largo de mi vida, nunca había pisado suelo africano y, recientemente, de forma algo inesperada, me vi en ...